Manifiesto

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“La revolución no es un tren que se escapa. Es tirar del freno de emergencia”. Ninguna sentencia podría servirnos mejor que esta de Walter Benjamin para expresar nuestra propia declaración de intenciones y contradecir, al mismo tiempo, uno de los mitos sagrados de la sociedad de consumo: el de la continua carrera hacia ninguna parte.

Estamos siendo testigos presenciales de la quiebra del capitalismo global; ha llegado el momento inaplazable de replantearnos la vida en todos sus aspectos y bajar de una vez el ritmo. A la vista del desmedido protagonismo que la ciber-realidad ha adquirido en nuestras vidas, el ámbito de los dispositivos multimedia y nuestra forma de relacionarnos con ellos se nos presenta como un campo ampliamente abierto a la acción individual y colectiva, de ahí su importancia clave como parte integrante de ese proceso transformador más amplio que más temprano que tarde habremos de encarar. Necesitamos retomar el contacto con nuestra olvidada naturaleza humana, recuperar viejos usos y costumbres, simplificar nuestro modo de vivir. Y para ello, un excelente comienzo sería prescindir de los innumerables gadgets digitales que han colonizado todo nuestro espacio vital, o limitar drásticamente su uso. No hay lugar para la tibieza: hablamos de una reformulación profunda de nuestra existencia. La obsesión por consumir sofisticados productos tecnológicos (fabricados a miles de kilómetros de aquí con un altísimo coste social y medioambiental) y la fijación por rellenar la vacuidad de nuestras horas con entretenimientos multimedia que nos distraigan de la esencia de la vida, no son males que se curen aplicando unas capas de maquillaje aquí y allá.

Actualmente, más de 7000 (siete mil) millones de diminutas máquinas -número de líneas de telefonía móvil activas a finales de 2015, según ITU Statistics- roban porciones enormes de nuestro tiempo y vampirizan insaciablemente nuestras facultades mentales. A nuestro parecer, urge iniciar cuanto antes un proceso controlado de desconexión que nos permita recuperar el timón de nuestro día a día, el protagonismo que nos corresponde como pensadores y creadores de acontecimientos, hoy acaparados casi completamente por los contenidos multimedia que la Máquina nos dispensa a todas horas, presentándonoslos como la única realidad posible.

Miguel Brieva, filósofo gráfico y autor de la portada de nuestro libro, suele contar una anécdota sumamente significativa. Muchos de sus interlocutores, al descubrir que no tiene teléfono móvil, exclaman asombrados: “¿En serio? ¡Qué suerte!“. Como si el hecho de renunciar a estas y otras tecnologías fuese alguna clase de premio ganado por sorteo. Ese impulsivo “¡qué suerte!” entraña sin embargo un atisbo de esperanza. Muchas personas se sienten hastiadas de contemplar el mundo a través de una pantalla, y estarían dispuestas a arrojar sus dispositivos táctiles por la ventana, pero no saben por dónde empezar o no encuentran la motivación suficiente para iniciar la desconexión. En este sentido, con la publicación de Sal de la Máquina y la difusión de los contenidos recopilados en esta web, esperamos canalizar hacia el lector un soplo de inspiración, o cuando menos aportar elementos suficientes para una reflexión seria capaz de generar consecuencias.

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