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Hoy hemos cenado en un restaurante del paseo marítimo de Badalona (…). De camino hacia allí, he creído alucinar al ver personas en la playa, de noche, sin aglomeraciones, con el mar de fondo en calma, rodeadas de un apacible silencio, el cielo estrellado sobre sus cabezas, las lucecitas de los barcos a lo lejos, paseando por la orilla… mientras sostenían el móvil con ambas manos a la altura de los ojos, iluminando sus rostros con un resplandor eléctrico. La imagen de seres humanos arrastrando los pies por la arena, con las miradas absortas en ese ‘otro mundo’ que emana de las pantallas, ajenos a todas las maravillas que latían a su alrededor, ha sido espeluznante. Por otro lado, casi todas las parejas que veía sentadas en los bancos del paseo marítimo compartían visualización phubberiana: uno sostenía el móvil y comentaba los mensajes, vídeos o noticias, y el otro miraba (o no) y asentía con desgana a lo que le iba diciendo el primero. La misma situación se ha reproducido en plazas, puntos de encuentro cercanos a esa zona marítima, andenes y vagones del metro: las personas que iban solas, casi todas embebidas en sus smartphones, y las que iban en grupos de dos, tres o más, compartiendo dispositivo o señalando juntas la pantalla, mientras comentaban con total naturalidad sus contenidos multimedia. El género humano está perdiendo por completo la capacidad de ser, de estar, de compartir momentos con otros a manos desnudas, de mirarse a los ojos, de reflexionar sobre sus propios pensamientos e imaginaciones nacidos del cerebro y no de una pantalla virtual.

Sal de la Máquina nació de una larga conversación entre hermanos, hastiados de presenciar a diario escenas como la descrita y convencidos de la imperiosa necesidad de ‘hacer algo’ para acabar con la lacra del phubbing. Colocada aquella primera piedra, a lo largo de los meses subsiguientes el proyecto se fue nutriendo de numerosas aportaciones anónimas, resultando espontáneamente en una construcción colectiva. Pero por lógica, y sobre todo por coherencia, el primer paso no podía ser otro que mirarse al espejo y tomar algunas decisiones personales.

Al principio nuestros esfuerzos se centraron en tratar de evitar el contacto con el móvil en circunstancias cotidianas en las que su uso está fuertemente arraigado por la costumbre. Queríamos ponernos a prueba. Así fue, por ejemplo, como los trayectos en transporte público, sin el recurso al fácil entretenimiento de la pantalla táctil, se convirtieron en una experiencia enervante e interesante a partes iguales. Decimos bien al hablar de ‘esfuerzos’, pues autorregularse en el uso compulsivo del smartphone no resultó ser cosa fácil, y por firmes que fueran nuestra determinación y nuestras convicciones, los síntomas del síndrome de abstinencia se manifestaron inexorables. Lena, una de las muchas personas que participó en la discusión de este problema, y que nos proporcionó interesante documentación para el capítulo quinto de Sal de la Máquina, describe así esta primera fase del proceso de desconexión:

Desde que no llevo móvil y no tengo internet en casa, comencé primero por una crisis de una relativa soledad -primera señal de desintoxicación personal. Pero superada la angustia, algo comenzó a pasar. Siento que mi identidad está cambiando.

Nosotros mismos también pudimos constatar cómo, en efecto, una vez superada la lógica desorientación inicial, a los pocos días cesa la tensión, se relaja todo esfuerzo y el proceso adquiere una cualidad diferente; comienza entonces la parte disfrutable del tratamiento. Sergio Legaz, autor del libro, lo explica de esta manera:

Para mí, se trató de un despertar de sensaciones largo tiempo dormidas. Comencé a notar la mente más clara y despejada, me sentía más tranquilo y más atento a mis percepciones internas y externas. El resultado de esta segunda fase del proceso de desintoxicación digital podría compararse a la intensa sensación de alivio que se experimenta cuando apagamos una aspiradora o una campana extractora de humos después de haber pasado largo rato utilizándola. Uno de mis hermanos validaba esta observación, y refería otro efecto importante: un considerable aumento del tiempo disponible. La Máquina ha acaparado tantos espacios, que en su ausencia se produce una maravillosa expansión de la conciencia y sus contenidos naturales.

La desconexión voluntaria de la pantalla no implica en realidad grandes sacrificios ni excentricidades: se trata simplemente de recuperar y preservar viejos usos y costumbres perfectamente normales en nosotros antes de la aparición de la Máquina. En palabras de Ippolita, autora de En el acuario de Facebook:

Es vital que el individuo conserve esferas privadas, una interioridad secreta y personalísima, no perfilada ni perfilable. Igual de vital es aprender a pasar el tiempo con nosotros mismos, en soledad y silencio, aprender a gustarnos, encarando el miedo al vacío, ese horror vacui íntimo que los social media intentan en balde llenar. Tan solo los individuos que se respeten y se gusten lo suficiente -a pesar de sus debilidades- pueden encontrar la energía para construir un espacio comunicativo sensato en el que relacionarse con los demás.

Este tipo de relación interpersonal forma parte de una experiencia que se sitúa en los antípodas de las redes sociales y los sistemas de mensajería instantánea. Para Legaz, por tanto, el siguiente paso consistió en eliminar de su teléfono móvil las aplicaciones WhatsApp y Telegram:

Había tenido oportunidad de comprobar largamente hasta qué punto este tipo de apps pueden llegar a ser adictivas. Para mí no era suficiente con silenciarlas o intentar moderarme en su uso, ya que el bombardeo de mensajes, vídeos y fotografías recibidas a través de ellas no cesa nunca, obligando a un desgaste continuo de tiempo y atención. Esta decisión precipitó definitivamente mi desconexión de la Máquina; el resto sobrevino por sí solo, como consecuencia lógica de lo anterior. Jubilé anticipadamente a mi flamante y sofisticado smartphone 4G, regalado solo unos meses antes por la compañía telefónica a la que estoy suscrito, y lo sustituí por un diminuto cacharro completamente desfasado que guardaba en un cajón, sin apps descargables ni conexión a internet. Hoy día solo utilizo mi dispositivo como lo que es: un teléfono. Y con eso me sobro y me basto para estar perfectamente comunicado con todo el mundo. En pocos meses he recuperado casi por completo mi concentración lectora: vuelvo a ser capaz de disfrutar largas y enriquecedoras lecturas de libros en soporte físico. He redescubierto también los maravillosos beneficios de ‘no hacer nada’: pasear sin motivo, pensar y soñar, mirar a los ojos, garabatear en una hoja de papel, acodarse en el alféizar de la ventana, jugar con los hijos… en definitiva, potenciar la sensibilidad y la inteligencia.

“Cuanto más inteligente es tu móvil, más tonto eres tú”, rezaba una frase manuscrita que hallamos recientemente en la pared de un lugar público. Es acuciante que invirtamos la ecuación y nos hagamos dueños de nuestras propias capacidades, hoy perdidas o sumamente debilitadas por el protagonismo exorbitado que le hemos concedido a la Máquina.

Miguel Brieva cuenta una llamativa anécdota que nos conduce directamente hasta nuestra conclusión final. Muchos de sus interlocutores, al descubrir que no tiene teléfono móvil, exclaman asombrados: “¿En serio? ¡Qué suerte!”. Como si el hecho de renunciar a la pantalla táctil fuese alguna clase de premio ganado por sorteo. Ese impulsivo “¡qué suerte!” entraña sin embargo un atisbo de esperanza. Cada vez son más las personas que manifiestan haber llegado a un punto de saturación digital y desean recuperar aspectos importantes de su vida anterior a los smartphones. En este sentido, con la publicación de Sal de la Máquina y la difusión de los contenidos recopilados en esta web, esperamos canalizar hacia nuestros lectores un soplo de inspiración, o cuando menos aportar elementos suficientes para una reflexión seria capaz de generar consecuencias.

En la sección Comienza a desconectarte ofrecemos una guía con experiencias prácticas pensadas como posible punto de partida para salir de la Máquina.

¡Salud mental y feliz desconexión!

 

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